Starbucks 

La calle se extendía delante de ella, la luz deslavada de noviembre lo opacaba todo. El viento soplaba con fuerza y fue un alivio entrar a la cafetería. La puerta chirrió al cerrarse tras ella y algunos, molestos por la ráfaga de viento que se coló tras ella, la miraron. Se acercó al mostrador: iluminado, lleno, alegre. Todos los Starbucks son iguales. Ya hacía un año (¿tanto?), en otro Starbucks que se veía igual, en otro lugar. El olor a café llenaba el lugar. Suspiró como había suspirado antes, en otro tiempo, en otro lugar, y sintió el ardor del aire cálido en su nariz, roja y fría. Él tomó su mano con gentileza y su calidez la hizo estremecerse, como se había estremecido antes, en otro tiempo, en otro lugar.
“Hola, ¿qué vas a llevar?” No, nadie había tomado su mano. Este era otro tiempo, otro lugar. “¿Algo para acompañar?” ¿Quieres un muffin?, sólo si lo compartían, ¿lo compartían? Sí. Entonces un muffin. Ella buscaría una mesa y él esperaría las bebidas. La tenue iluminación del lugar era agradable. Anduvo algunos pasos y se sentó en una mesa pequeña, pegada a la pared. Lo observó desde ahí, alto y erguido, con expresión indiferente. Él la miró de vuelta y sonrió, levantando levemente las cejas con una expression infantil. Ella sonrió. El barista colocó las bebidas sobre la barra y llamó aquel nombre familiar, ahora lejano. Él las tomó y fue hacia la mesa, sonriendo. Se sentó.

No. La puerta volvió a abrirse y la corriente la despertó. Su café la esperaba ahí. Lo tomó y se sentó en una mesa junto a la pared. Todos los Starbucks se parecen. Pero no era aquí, era en otro tiempo, en otro lugar. Suspiró de nuevo, quitó la tapa del café, observó el vapor elevarse y sintió el calor en la cara. Un cigarrillo, pensó. No tenía, pero tampoco podía fumar ahí. Antes no fumaba, pero entonces era otro tiempo, otro lugar. Ya hacía un año. Ahora fumaba, ¿por qué fumaba ahora? Tal vez porque hacía frío. Pero antes también hacía frío. Bebió un sorbo, había olvidado ponerle azúcar. Cuando bajó la taza él estaba ahí, con una media sonrisa en los labios, mirando su café. Él tomaba su mano. Su mano yacía sobre la mesa, inmóvil. Este era otro tiempo, otro lugar. Aquello era un recuerdo, tal vez un sueño. Se levantó y fue a la barra, tomó dos sobres de azúcar y los vertió, revolviendo con un palito de madera. Colocó la tapa y pensó que tal vez debía irse ya. Por un cigarrillo, a caminar. Una ráfaga de viento frío le azotó la cara al salir y al volver la cara lo vio. En la mesa de la orilla, en la mesa de siempre. No, no era él. No era la mesa de siempre, pero todos los Starbucks son iguales. Caminó y no miró atrás.

En la mesa de la orilla, él miró hacia la puerta. Ella se había ido de nuevo.

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