Cinco cero cero

5.00

Despertó con un sabor amargo en la boca y el corazón latiendo fuerte y audiblemente, golpeando entre costillas a cada pulsación. Sobre su cama, la luz entraba a raudales por la ventana cuyas cortinas creía haber corrido la noche anterior. Por un momento se sintió desconcertada, mirando al techo con los ojos entrecerrados. El primer pensamiento que cruzó su mente fue que ya era tarde. ¿Tarde para qué? Estiró la mano derecha para tomar su teléfono de la mesa de noche. Nada. Su mano se precipitó hacia abajo y quedó colgando, los dedos temblorosos, inertes por unos segundos. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo.

No había una mesa ahí. Sintió un vacío en el estómago y se reclinó sobre su costado derecho; en efecto, no había una mesa ahí. Cerró los ojos con fuerza y tocó suavemente el lado izquierdo de su pecho. Incorporándose a medias, volteó al otro lado y vio la mesa, con su teléfono encima de un libro, al lado una lámpara y algunos anillos. Una sensación cálida y líquida le recorrió las entrañas. Tomó el teléfono y sonrió estúpidamente. ¿Siempre había estado la mesa ahí? Claro que sí, pero se había despertado tan abruptamente…

Se acostó de nuevo. Suspiró fuertemente y cuando asía su teléfono contra el pecho con ambas manos, éste comenzó a sonar. Una melodía molesta y genérica. Se asustó, pero era sólo la alarma que había programado la noche anterior. Números grandes y delgados anunciaban las cinco en punto de la mañana. ¿O de la tarde? Demasiada luz entraba por la ventana, pero era imposible decir si aquellos eran los rayos impasibles de la mañana o los rayos nostálgicos que anunciaban la caída de la tarde. No parecían ninguno; pequeñas partículas de polvo flotaban sobre su cabeza y se arremolinaban para luego perderse. De cualquier manera era muy temprano o muy tarde para hacer cualquier cosa, estaba muy cansada. ¿Para qué era la alarma? No recordaba haberla puesto antes de dormir. De hecho no recordaba haberse acostado, o haberse puesto la pijama o haberse desmaquillado.

Y sin embargo estaba ahí, recostada con un camisón blanco que olía a humedad y polvo, y se sentía áspero contra su piel desnuda. Cuando se llevó una mano aún temblorosa a la nuca se dio cuenta de que su cabello estaba cuidadosamente trenzado. Volvió a cerrar los ojos y se volteó boca abajo con un gruñido, el teléfono en una mano. Suspiró de nuevo. Se sentía extraña. Tal vez aún no despierto, tal vez estoy dormida. Y entonces recordó lo que estaba soñando antes de despertar. Soñó que despertaba y tomaba su teléfono de una mesa en el lado derecho de la cama. Por eso creyó que estaba en el lado derecho. Por eso la confusión, había sido todo un sueño. Siempre le fascinó la lucidez, la engañosa nitidez de los sueños; los desvaríos que son por unas horas tan tangibles y en los que otra realidad, desconocida, vaga y a veces oscura en su luminosidad, se establece como única realidad, como única forma de existencia, como un espacio diferente, como una forma alternativa de conocimiento. Y luego se va, en unos segundos una ya no se acuerda de nada. Como ahora. Pero ahora recordaba claramente el sueño, ella que nunca se acordaba de lo que soñaba. Y la sensación de familiaridad que le traía recordar el sueño la asustó. Y la asustó que la mesa se sintiera tan ajena en el lado izquierdo de la habitación. Estaba ahí acostada, entre asustada y fascinada por la espléndida nitidez con la que el sueño que ya no era más se presentaba ante sus párpados fuertemente cerrados. Porque lo sentía como un recuerdo, no como un sueño. Se dio vuelta con la intención de meter un brazo bajo la almohada y tal vez giró muy rápido o con mucha fuerza, pero sintió que su cuerpo se separaba de las sábanas blancas y se precipitaba hacia el suelo.

Entonces despertó sobresaltada. Despertó de la caída como muchas otras veces, casi sintiendo el impacto del suelo de madera sobre sus codos y su frente. Pero estaba en el centro de la cama, boca arriba. Se sentó rápidamente y una sensación de mareo la obligó a acostarse de nuevo, con las manos sobre los ojos. Estaba oscuro. Todavía es de noche. Estiró la mano hacia la mesita de la izquierda, segura de no equivocarse esta vez, pero ahí no había nada. Sintió un nudo en la boca del estómago, una sensación de pánico recorrió la parte posterior de su cabeza y se instaló en su cuello, ardiente. La mesa estaba a la derecha. Tomó su teléfono sintiéndose estúpida y justo cuando suspiraba de alivio sonó su alarma.

Cinco en punto. De la mañana, seguro. Las cortinas estaban corridas. Ahora recordó que la alarma era la que sonaba todos los días para ir al trabajo. Se incorporó, bostezó y recordó molesta que se había ido a dormir con la ropa y el maquillaje de la noche anterior. Se levantó de la cama y cuando caminaba al baño alcanzó a echar un vistazo a su reflejo en el espejo que había frente a su cama. El ardor volvió a instalarse en su cuello, pero esta vez subió a sus mejillas. Sintió un puñetazo en el estómago, una repentina falta de aire, las piernas le temblaron. Traía puesto un camisón blanco que apestaba humedad, su cabello estaba recogido cuidadosamente en una trenza sobre la nuca y su cara tenía la brillantez y palidez de la cera. Creyó que se iba a desmayar. Sintió que sus piernas se rendían ante el peso de su cuerpo. Y justo cuando creyó que su nuca golpearía el suelo de madera, justo cuando creyó escuchar un ruido sordo y casi sintió una punzada de dolor en la parte alta del cuello, despertó. Abrió los ojos repentinamente. La luz entraba a raudales por la ventana sobre su cama, cuyas cortinas creía haber corrido la noche anterior.

 

Fernanda Ortega

Escrito en junio de 2016, originalmente publicado en Poesía Referencial

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